miércoles, diciembre 01, 2004

El maestro

Me dejé la tarjeta del gimnasio en el bolsillo de un abrigo, que mi hermano se llevó al instituto esta mañana. Sin ella no puedo cruzar el trinquete de la entrada. Mientras mi tarjeta vivía una segunda adolescencia en una clase de bachillerato, yo he tenido que colarme en el gimnasio como un vulgar delincuente, por la puerta de atrás, cuando nadie me veía. Se me ha puesto cara de criminal. He entrenado como los presos de las películas en la cárcel, con los ojos entornados y los dientes apretados. Creo que he levantado más peso.

Había un señor dándole lecciones a un chaval sobre como debía hacer los ejercicios. Le decía: “¡espalda recta!” o “¡hasta el final, hasta el final!”. Lo decía tan convencido, y tenía una expresión tan segura, que todos los demás nos hemos puesto a escucharle. Además, hablaba con acento extranjero, como los entrenadores de fútbol. Nos hemos pasado la mañana tomando notas, observando sus métodos, siguiendo sus indicaciones…

Al salir del vestuario, me he asomado a la sala de pesas otra vez, y ya se había ido todo el mundo. Sólo quedaba el señor. Estaba en una máquina, intentando hacer un ejercicio. ¡Era la cosa más torpe que he visto en toda mi vida! Nunca he sabido lo que son los “monos de agua”, pero seguro que se mueven de una forma parecida. Con la sorpresa no me cuidé de esconderme, y el señor me sorprendió sorprendiéndole.

-No se lo digas a nadie, por favor –me rogó sin su acento extranjero.

-¿Y si alguien se lesiona por seguir los consejos de un maestro que no sabe lo que hace? -contesté yo.

El señor meneó la cabeza y me dijo:

-Yo sí sé lo que hago: Hago teatro.

No le delataré. Al fin y al cabo él no había mentido, éramos los demás quienes nos equivocábamos. Creíamos estar recibiendo lecciones de culturismo, cuando en realidad nos estaban dando una clase magistral de interpretación.

(Porcentaje de realidad: 70%)